Hay veranos de grandes viajes, destinos nuevos y agendas llenas de actividades. Y hay un verano sin viajes, con juegos en la piscina, tardes en casa, visitas a los abuelos, algún día de playa y pocas cosas apuntadas en el calendario.
Los dos pueden ser buenos veranos.
Porque cuando llegan las vacaciones es fácil caer en la idea de que tenemos que aprovechar cada día. Organizar actividades, buscar lugares nuevos, entretener a los niños y conseguir, de alguna manera, que esas semanas sean inolvidables.
Pero quizá no necesitamos hacer tanto.
Quizá también deberíamos empezar a normalizar un verano sin viajes, sin grandes planes y sin la presión de tener que aprovechar cada minuto.

Verano sin viajes: no todas las familias se van de vacaciones
Y esto es lo primero que deberíamos normalizar.
Hay familias que pasarán varias semanas viajando. Otras harán una pequeña escapada. Algunas irán unos días al pueblo, a casa de los abuelos o a un apartamento cerca de casa. Y para otras, simplemente, será un verano sin viajes.
Las circunstancias económicas, laborales y familiares son diferentes en cada casa.
Y unas buenas vacaciones no se miden por los kilómetros recorridos.
Un verano puede estar lleno de buenos recuerdos sin haber cogido un avión, reservado un hotel o salido siquiera de nuestra provincia.

No necesitamos organizar planes todos los días
“¿Qué hacemos mañana?”
Durante las vacaciones escolares, esta pregunta puede convertirse en una constante.
Piscina. Cine. Parque acuático. Excursión. Playa. Taller. Quedada. Otra excursión.
Hacer planes está genial cuando nos apetece. El problema aparece cuando sentimos que tenemos que llenar todos los días para que nuestros hijos tengan un “buen verano”.
No somos responsables de entretenerles durante cada minuto de sus vacaciones.
Puede haber días sin ningún plan. Puede haber semanas sin grandes aventuras. Un verano sin viajes también puede ser un verano estupendo.
Los niños también pueden aburrirse
Probablemente en algún momento del verano escucharás:
“Me aburro.”
Y no siempre tenemos que solucionarlo.
Cuando no hay una actividad preparada, los niños tienen que buscar qué hacer. Inventar un juego. Sacar algo que llevaban meses sin utilizar. Leer. Dibujar. Hablar con un amigo. Dar vueltas por casa sin saber muy bien qué hacer hasta que aparece una idea.
El aburrimiento también forma parte del verano.
No hace falta llenar inmediatamente ese espacio con una pantalla, una actividad o una propuesta.

También habrá peleas
En vacaciones pasamos muchas más horas juntos.
Los hermanos que durante el curso apenas coinciden unas horas al día pueden encontrarse compartiendo prácticamente todo: habitación, coche, piscina, comidas, juegos y planes.
Y sí, se van a pelear.
Habrá discusiones por quién se sienta dónde, quién elige la película, quién ha cogido algo que no era suyo o quién lleva demasiado tiempo en el baño.
Una discusión no significa que las vacaciones hayan salido mal.
Es simplemente convivencia.
Los adultos también podemos acabar cansados
Esto quizá se dice menos.
Podemos adorar pasar tiempo con nuestros hijos y, al mismo tiempo, necesitar estar un rato sin ellos.
Podemos disfrutar de las vacaciones y echar de menos algunas rutinas.
Es totalmente normal organizar un día precioso y terminar agotados.
Y también podemos llegar a finales de agosto pensando que tenemos ganas de recuperar cierta normalidad.
Durante las vacaciones cambia prácticamente toda la organización familiar. Los niños están muchas más horas en casa y los adultos seguimos teniendo trabajo, tareas domésticas, compras, comidas y responsabilidades.
No todos los días vamos a tener energía para inventar un plan fantástico. Y no pasa nada.

Tampoco hace falta que todo sea “tiempo de calidad”
A veces ponemos tanta presión sobre el famoso tiempo de calidad que conseguimos justo lo contrario.
Una tarde familiar puede ser maravillosa.
Y otra puede consistir en que uno lee, otro juega, alguien mira una serie y cada uno está un poco a lo suyo.
Estar de vacaciones juntos no significa tener que estar interactuando constantemente.
También podemos necesitar nuestro propio espacio.
Los pequeños planes también construyen grandes recuerdos
Cuando pensamos en crear recuerdos con nuestros hijos solemos imaginar experiencias extraordinarias.
Pero, curiosamente, muchos de nuestros propios recuerdos de infancia son bastante sencillos.
El bocadillo después de la piscina.
Jugar hasta tarde porque al día siguiente no había colegio.
Dormir en casa de los primos.
Una guerra de agua.
Ir a comprar un helado después de cenar.
Las cartas encima de la mesa.
Una película que vimos veinte veces.
Un verano sin viajes también está hecho de todo esto. De pequeños momentos que, sin haberlos planeado, terminan formando parte de nuestros recuerdos.

Las redes sociales no enseñan el verano entero
En verano las redes sociales se llenan de imágenes de playas, viajes, piscinas infinitas, excursiones y familias aparentemente felices las 24 horas del día.
Pero una fotografía no muestra las otras 23 horas y 59 minutos.
No vemos el atasco para llegar a esa playa.
La discusión cinco minutos antes de la foto.
El niño que no quería hacer la excursión.
El adolescente enfadado porque no había wifi.
O los adultos preguntándose por qué habían pensado que aquella actividad sería una buena idea.
Y tampoco vemos a todas esas familias que están pasando el verano tranquilamente en casa.
No hace falta comparar nuestro verano real con los mejores cinco segundos del verano de otra persona.
Un verano sin viajes también puede ser inolvidable
Puede resultar curioso que lo digamos nosotros, que nos dedicamos precisamente a crear viajes y aventuras para familias.
Nos encanta viajar. Nos encanta descubrir lugares nuevos, vivir experiencias diferentes y ver cómo las familias vuelven a casa con una mochila llena de historias que contar.
Pero también sabemos que no todos los veranos tienen que ser así.
Hay años de grandes viajes y años de quedarse cerca de casa. Veranos llenos de aventuras y otros mucho más tranquilos. Y ninguno tiene por qué ser mejor que el otro.
Porque al final, lo que hace especial un verano no es cuántos kilómetros hemos recorrido ni cuántos planes hemos conseguido hacer.
Puede ser un viaje inolvidable. Pero también pueden ser las tardes de piscina, las noches que se alargan, los amigos, los abuelos, los días sin hacer nada, las peleas entre hermanos y ese helado después de cenar.
En Planeta40 creemos en las experiencias que unen a las familias, ocurran a cientos de kilómetros de casa o a la vuelta de la esquina.
Así que, si este año toca un verano sin viajes, disfrutadlo también.
No hay una única manera de vivir un gran verano.
